Escritura Pautada

En la clase de Lengua, Carol nos pidió que escribiéramos un cuento a partir de algunos datos propuestos por otros compañeros. El siguiente es mi cuento.

Lugar: Punta del Este

Objeto perdido: Celular

Personaje: Carlos

Frase que dice este personaje: “¡Ai qué rico!”

Momento de la historia: Volviendo del dentista

Carlos es mi vecino. Un gordito alegre que vive solo en el A, justo al lado de mi departamento, que vendría a ser el B, los dos con la mejor vista a la playa de mi queridísima Punta del Este. Cada vez que me lo encuentro me viene con una historia diferente y son todas muy cómicas, por eso es que se me ocurrió contárselas. “Los últimos serán los primeros” dice el famoso dicho, así que voy a relatarles la que me contó ayer cuando compartimos ascensor.

A Carlos le fascinan los chocolates y caramelos y siempre come mucho de estos, por eso es que va al dentista muy seguido. El día de su última visita, el Miércoles pasado, es cuando esta historia ocurre.

Él salió del dentista y como es costumbre cada vez que sale de este, pasó  por la heladería de enfrente. Después de su cuarto kilo de chocolate con avellanas, paró un momento en un kiosquito al no poder evitar cómo lo estaban tentando esos deliciosos chocolates que tanto le gustan. Después de caminar unas cuadras, se le ocurrió ir a darle una visita rápida a su abuelita. Como estaba a solo una cuadra de desvío, ni lo tuvo que pensar dos veces. Él quiere mucho a su abuela y siempre me habla de ella y de sus cursos de tejido. Se quedó en lo de su abuela hasta las siete y media y después de besos y abrazos se tomó el colectivo que lo deja en la puerta del edificio. Cuando quiso agarrar su teléfono para contarle de la visita a su primo se dio cuenta de que no lo tenía más con él. Se llamó y trató de escuchar pero no sonaba en ninguna parte de su departamento.

Carlos como un rayo se dirigió hasta la estación del colectivo y preguntó por su pertenencia, pero no había aparecido por ahí; luego se encaminó a lo de su abuelita que le dijo que no lo vio en ninguna parte. Igualmente, él mismo lo buscó. Nada; Después se hizo unas cuadras más hasta la heladería pero Rodolfo, el dueño, le dijo que no lo vio usándolo y que tampoco lo vio en las mesas ni en el baño; Finalmente, con un poco de esperanzas que aún quedaban, se cruzó al dentista. Lo buscó con Gladys por siete minutos, revolviendo todo, pero no estaba, y en las cosas perdidas solo había un paraguas y una mochila.

Muy triste, Carlos bajó del dentista y cuando dobló en la esquina se le ocurrió pasar por un kiosco para tal vez sentirse mejor con algún chocolatín. Cuando se agachó para alcanzar sus chocolates preferidos e incomparables, los Wonkys, notó una luz titilando. Rápidamente movió los chocolates, miren si era una bomba por hacer explosión! Mejor, era su celular! Se había olvidado de su rápida parada en el quiosco a la vuelta del dentista. Para complacerse aun más, Carlos se llevo tres más de sus Wonkys y se volvió a su casa comiéndolos mientras repetía “¡Ai qué rico!”.

 

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